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¿DE QUÉ ESTAN HECHAS LAS MEMORIAS? Sergio Rojas

“Si no hay oído para el dolor,
no hay oído verdadero para nada”
Carlos Cerda: Una casa vacía

Pongamos en cuestión la subordinación de la memoria a la historia, dictada por un sentido común demasiado acostumbrado a las “efemérides patrias”, cuando se consideraba que el pasado debía ser ante todo un objeto de conocimiento, y en donde –de acuerdo a este supuesto- los documentos permitían ante todo comprender el devenir de los acontecimientos (exhibiendo en ello el proceso que nos habría conducido hasta el presente). Si se considera a la memoria sólo como un medio para recuperar el pasado y consensuar una historia, ésta debe exhibir, en primer lugar, indiscutibles acontecimientos centrales, también acontecimientos secundarios cuya disposición en el relato podría variar, y luego todo un régimen de detalles y anécdotas retóricamente pertinentes, pero prescindibles en relación a lo que se considere habría sido lo verdaderamente medular. Y lo mismo habrá de ocurrir con los protagonistas de esa historia: algunos personajes centrales, otros secundarios y… los demás, la mayoría, aquellos que se limitaban muchas veces sólo a “aparecer”, desde el fondo, anónimos, olvidables.

Pero, ¿qué sucede si los acontecimientos de horror que cierta memoria trae al presente resisten el ejercicio de la comprensión disciplinaria, no porque la historiografía no pueda pronunciarse científicamente acerca de ellos, sino porque se nos impone ante todo lo que esos hechos tiene de inaceptables y, por lo tanto, de incomprensibles? Se trata de acontecimientos excepcionales, no sólo porque vulneraban en cada caso la dignidad de la vida, los derechos de las personas, las condiciones básicas de la comunidad, sino porque algo en ellos impide inscribirlos en una historia que los haga pasar en el tiempo. Esta memoria se va constituyendo entonces en el cuerpo de un pasado que no pasa, que no se marcha “hacia el pasado”. Se trata de la memoria de lo que permanece. Es por esto que un museo de la memoria no es un museo de historia. En efecto, la historia –como disciplina- dispone en general la posibilidad de conocer lo que sucedió; la memoria en cambio responde a la necesidad de tener presente lo que sucedió. Entonces la narración historiográfica estalla, y su contenido (es decir, el pasado que esa narración maestra contenía) ahora se disemina, y lo contingente, lo anecdótico, lo accidental, junto con los actores “secundarios” y también los otros –los que ni siquiera como derrotados aparecían- ahora emergen, constituyendo el cuerpo rizomático de una memoria inédita que reclama derechos sobre el presente. Esta es la memoria que la exposición “Acumulación breve” se ha propuesto poner en obra.

Hacia fines de los 90’ la académica de origen rumano Marianne Hirsh, elaboró el concepto de pos memoria para referirse al modo en que acontecimientos de magnitud histórica caracterizados por el horror, están presentes en la memoria de generaciones posteriores a la de aquellos que los padecieron directamente. No se refiere este concepto sólo a las “memorias de los hijos”, sino al proceso social y cultural de construir un pasado común. Se define como “una forma híbrida de memoria, que se distingue tanto de la memoria personal (por la distancia generacional), como también de la historia (por una profunda conexión personal)”. Existe por lo tanto clara conciencia de que se trata de una memoria en que los órdenes y sentidos posibles de los elementos heteróclitos que la constituyen han de ser en cada caso elaborados, para poner en el lenguaje un pasado cuya demandante intensidad no se deja resolver de manera unívoca. Se trata de responder a la exigencia de, literalmente, hacer memoria, en un proceso en el que reconocemos la investigación, los hallazgos fortuitos, lo testimonial, las operaciones tropológicas con el lenguaje (metáfora, analogía, sinécdoque), la producción objetual de ideas. En “Acumulación breve” no se trata simplemente de ocuparse de la memoria desde el arte, al modo de un tema, sino de una reflexión –a la vez conceptual, estética y emotiva- acerca de nuestra necesidad epocal de hacer memoria, trabajando con los vestigios de una devastación cuya gravedad se hunde en el presente del olvido, la ignorancia, la indiferencia o incluso en la pulcritud procedimental de las ciencias del pasado.

Alguna vez nos hemos preguntado ¿de qué están hechos los recuerdos? Y entonces reflexionamos, por ejemplo, si acaso comienzan a extinguirse primero los sonidos y luego siguen las imágenes o tal vez ocurra al revés. En “Las cosas segregadas” Isidora Gilardi se pregunta ¿de qué está hecha la memoria? Las imágenes y las palabras del pasado, aunque cargadas de significados y afectividad, permanecen también como cosas entre nosotros, porque el soporte de esas imágenes y palabas está hecho de vidrio, madera, papel, metal. El cuerpo de los vestigios exhibe en cada caso los procesos de degeneración que son propios de la materia. Alejados de la esfera del sentido, los materiales existen sometidos a procesos físicos, químicos, biológicos, conduciéndose de manera progresiva e irreversible hacia su desaparición. “Las cosas segregadas” nombra lo que va quedando. He aquí el auxilio del archivo. Este no sólo contiene información, sino que la forma misma en que se implementa su disponibilidad – la materialidad de los documentos, el orden en que se ofrecen a quienes los consultan, y hasta esa misma condición de “documentos” que llegaron a adquirir aquellos objetos hoy caídos desde una cotidianeidad pretérita que con dificultad sólo llegamos a conjeturar- anticipa el marco de significación del que se les supone depositarios.

¿Es posible rememorar en las palabras que desde el pasado han llegado hasta el presente la gravedad de sentido que fue propia de un tiempo otro, habitado por la épica de un compromiso moral, social y político? Ahora esas palabras parecen destinadas a yacer tras una vitrina museal. ¿Qué podemos llegar realmente a saber acerca de ese tiempo? “Presentación del curso de formación política de cuadros del MIR, 1982”, de Renata Espinoza, propone precisamente esta cuestión. La letra de ese documento ha devenido escritura, porque el mundo en el cual esas palabras fueron asunto de vida y muerte ya no existe. ¿Permanecen cifradas en las palabras los días y las noches de ese mundo extinto? La obra de Renata pone en escena una especie de “atesoramiento” de los signos que en otro tiempo fueron parte de jornadas que han quedado en el pasado: en la sala el cuerpo significante de las palabras se hace acrílico, luz, acero.

Permanecen en los archivos, debidamente consignados, acontecimientos de resistencia y denuncia que paradójicamente, en la documentada información que los torna disponibles, apenas nos dejan presentir el hecho de que fueron cuerpos concretos y particulares los que les dieron realidad. Es lo que reflexiona Verónica Troncoso en “Lenguaje y archivo”, explorando la primera huelga de hambre en dictadura, que tuvo lugar en la CEPAL en 1977. El cuerpo opera en estas acciones como un signo en el que significante y significado se identifican. En efecto, el cuerpo sometido a una voluntaria situación de privación de comida escenifica el hambre a la vez que lo padece. Los individuos recurrían a sus cuerpos para poner en escena una demanda de justicia. Dar visibilidad concreta a una voluntad de denuncia que, desoída por las autoridades de la época, debía hacerse saber y sentir en el espacio público.

En contraste con las “historias oficiales”, los relatos y las acciones de los individuos –aquellos sujetos de carne y hueso que protagonizaron ese tiempo encriptado en un pasado que se acumula- se exponen siempre al riesgo de desaparecer.

La historia nacional y las memorias personales no se corresponden naturalmente entre sí, corresponde a escalas de visibilidad disímiles. En “143 Kg” Nikolai Kozak emprende una performática rememoración de su padre, quien abogó en Chile durante la dictadura en favor de los detenidos políticos. El padre deviene entonces una especie de archivo viviente, una memoria del dolor de la nación, pero también de lo íntimo y de lo excepcional, en riesgo de devenir después sólo información depositada en documentos limpios y ordenados, memoria editada, sin cuerpo. En “143 Kg” los cuerpos del padre, la madre y el hijo interactúan en una especie de microcosmos filial, no simulando una conciliadora sintonía –acaso una memoria después de todo consensuada-, sino más bien haciendo emerger precisamente las diferencias generacionales, en donde los cuerpos operan como cifras de tiempos “contenidos” que permanecerán sin editar.

¿Cuánto dura el “después” de la dictadura? Asumiendo el concepto de posmemoria, ciertas prácticas artísticas reflexionan el hecho de que el pasado no puede ser simplemente contenido en los códigos narrativos de la historia. Hacer presente lo sucedido exige alterar los parámetros de la representación, tanto de la que monumentaliza como de la que informa y explica. “Acumulación breve” da cuenta de una interrupción de la historia, que se produce por la acción de una memoria otra diseminada entre, por una parte, los testimonios que no cesan de alterarse en su transmisión y, por otra, la fragilidad de los documentos que se acumulan en la espera de algo que parece estar más allá de la ley.

Texto escrito por el filósofo Sergio Rojas, para el catálogo de la exposición colectiva “Acumulación Breve”

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